Festival Eñe

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Música acuática, T. C. Boyle

A fines del siglo XVIII, mientras Francia se cansa de la guillotina e Inglaterra se emborracha con ginebra, el explorador escocés Mungo Park descubre un reino en África negra, donde la locura humana todavía se expresa con autenticidad. Ned Rise, un estafador y ladrón de cadáveres, intenta abrirse camino en las calles de un Londres donde la ceguera, la crueldad y la extravagancia se mezclan en la sociedad. Dos historias plagadas de anacronismos y licencias hilarantes que discurren paralelas para converger en la primera expedición del hombre occidental a las fuentes del río Niger.

Música acuática (1981) es una novela histórica del escritor estadounidense T. C. Boyle, que acaba de publicar en español la editorial Impedimenta.

Aquí tienes algunas de las primeras páginas.

 

Ned Rise despertó con dolor de cabeza. Había estado bebiendo esa ginebra que llaman Desnúdame -también conocida como La Perdición Azul y La Maldición- y que tanto enerva a los de la clase baja, claro como orina de borracho y ácida como zumo de bayas de enebro. Había estado bebiendo ginebra y ni siquiera sabía dónde estaba; aunque le parecía reconocer los botines de suelas gastadas, los velludos dedos de las manos y la capa de color rojo canela que tenía delante de sus narices. Si: esa capa, esos dedos y aquellos botines, aquel desgarrón en el pantalón; todo eso le era familiar. Incluso entrañable. Si, concluyó, todo eso pertenecía a Ned Rise, de modo que la cabeza astillada y los ojos desfondados que percibían esa visión, aunque borrosamente, de alguna manera estaban relacionados con todas aquellas cosas.

Se incorporó y, a duras penas, consiguió ponerse en pie. De pronto tuvo la impresión de que había estado durmiendo sobre un montón de paja descolorida, encima de su sombrero. Se agachó para recogerlo, tambaleándose hacia delante hasta recuperar el equilibrio con un enérgico eructo. El sombrero estaba completamente chafado. Durante un rato se quedó inmóvil, adoptando una pose meditabunda, sintiendo en el cogote algo así como redobles de tambor. Entornando los ojos, echó un vistazo a su alrededor, sintiéndose un poco como el explorador que desembarca en un nuevo continente.

Estaba en una cantina, de eso no cabía duda. Allí estaba en sucio suelo, la fregona en un cubo, los muros de áspera piedra. Contra la pared del fondo, una doble hilera de precintados barriles: vinos de Madeira, de Oporto, de Lisboa, de Burdeos, del Rin. En un rincón, un poco de carbón. ¿Estaría en le infierno de la taberna Pig & Pox? De pronto Ned descubrió que no estaba solo. Otras formas, probablemente humanas, dormían sobre puñados de paja desparramados. Se oían ronquidos, gemidos y gárgaras que sonaban como la lluvia en un canalón. Una fétida combinación de orina y vómito impregnaba el aire.

-¿Conque ya te has despertado?

Una vieja arpía calva, con cara de calavera, se dirigía a él desde una tabla puesta sobre dos toneles de vino. Un delgado aro de otro perforaba su labio inferior como una burbuja de esputo.

-Muy bien. ¡Buenos días, señor! -dijo ella-. ¡Ajáaaa! Y ya que has dormido tan bien, ¿no te gustaría empezar el día con un trago, como Dios manda?

Sobre la tabla había dos recipientes de peltre del tamaño de hueveras y un jarro de barro, como en un bodegón. Detrás de la improvisada barra y al lado de la vieja, había una cerda echada. Un orinal volcado ocultaba la abultada jeta del animal. La escena le hubiera gustado a Hogarth. Ned se preguntaba qué había sucedido la víspera.

De pronto lanzó un chillido como si le hubieran clavado una daga, un largo y áspero hipido: «¡Eeeeeeeeeh!». Los redobles de tambor en el cogote de Ned devinieron una serie de percusiones, un retumbar de truenos, la resonancia de un gran bombo. Pero ¿qué estaba pasando? Al fin y al cabo, nadie había golpeado a la bruja: estaba riéndose. Ahora tosía carrasposa y violentamente sobre el mostrador mientras un amarillo hilo de flema brotaba de sus labios alargándose elásticamente hasta la superficie de la tabla.

-Gato… -se atragantó-, ¿te ha comido la lengua el gato, niñato?

Detrás de ella, colgaba un rótulo de la pared, garabateado con caligrafía convulsiva:

 

POR UN PENIQUE: BORRACHO

POR DOS PENIQUES: BORRACHO COMO UNA CUBA

LA PAJA LIMPIA: GRATIS

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